El ruido de los rieles del metro y la verborrea mental son mejores compañeros de viaje que iniciar un diálogo de protocolo con aquel conocido que acaba de pasar a mi lado y con quien evito contacto visual. Ese hola como estás hipócrita, ese fingir que estoy a gusto con lo que he hecho en mi vida, como si hace un momento atrás no me hubiera encontrado en la disyuntiva de cruzar la línea amarilla del andén antes de que arribara el tren.